martes, 1 de noviembre de 2011

Decoro

Aquel viejo tenía la barba rala y el pelo sucio. Despedía un olor nauseabundo, a ajo y cianuro. Vestía ropas gastadas, llenas de lamparones, propias sin duda de una existencia mísera y descuidada. Con más compasión que asco, mi jefa y yo procedimos a lavarle el pelo con un champú afrutado, a recortarle cuidadosamente la barba y a perfumarlo con una buena loción. Contra la pringue del traje poco pudimos hacer, excepto darle un rápido cepillado que mejorase algo su desdoro. Finalmente quedamos satisfechas con el resultado, y aquel pobre hombre pudo asistir con decoro a su entierro.

domingo, 23 de octubre de 2011

Unhappy end

Brandon acuchilló varias veces el tórax de su mujer, antes de precipitarse sobre el amante y destrozarle nariz y mandíbula. Exhausto, enfebrecido por la saña, aún tuvo tiempo de escupir sangre e insultos sobre los cuerpos derrengados de los amantes, y de mirarlos con una mueca ensayada de asco segundos antes de que el director gritara enfurecido: ¡Corten!, ¡Corten!

domingo, 16 de octubre de 2011

Naipes

La echadora de cartas extiende los naipes sobre la mesa e instantáneamente me mira con alarma.
A renglón seguido, con una docilidad pasmosa, se deja apretar la garganta.
En mi descargo, sólo puedo alegar que ambos cumplimos fielmente el riguroso designio escrito en sus cartas.

jueves, 6 de octubre de 2011

Monedas


De vuelta a casa, Curzio Andrades ve brillar una moneda en el suelo. Antes de agacharse y cogerla, por si acaso comprueba que no hay nadie observándolo. En esa misma calle, diez o doce metros más adelante, vuelve a encontrar otra moneda. Lo insólito es que, a medida que anda, Curzio Andrades va descubriendo cada vez más cerca unas de otras, esparcidas en una fila interminable, un sinfín de monedas. Por suerte para él, la calle, a esa hora larga de la noche, está totalmente desierta. A Curzio Andrades le parece un misterio, pero, a gatas, arrastrándose torpemente por el pavimento, no deja de llenarse los bolsillos del pantalón y de la chaqueta. Por fin, al llegar al portal de su vivienda, recoge la última moneda, y loco de contento, sube de dos en dos los escalones, abre y cierra la puerta, pero, con el ruido del golpe, va y se despierta.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Puesto de socorro


Un día cualquiera de playa. Bañistas mojándose los pies en la orilla, nadando mar adentro, tostándose al sol o paseando en busca de conchas que llevarse de recuerdo. Mientras sucede todo esto y mucho más, por el megáfono del puesto de socorro se reclama urgentemente la presencia de los padres de un niño pequeño que se ha perdido. Durante un período fugaz, infinitesimal, todas las madres se sobresaltan a la vez. Pero luego, cuando comprueban  que sus hijos están a la vista, se tranquilizan. Todas, excepto una, claro, que sin disimular su alarma se encamina rápidamente hasta el puesto donde los diligentes socorristas calman, cuidan y entretienen al crío. Al cabo de unos minutos, la madre –abrumada por el susto pero contenta por el inminente reencuentro- llega al lugar donde está su hijo. A su lado, con la mirada perdida, sigue esperando que vengan a reclamarlo el anciano extraviado hace dos días.








lunes, 19 de septiembre de 2011

Recuerdos


Como cuando era niño recorro arriba y abajo las calles vacías de mi pueblo. Hacía años que no pisaba la alfombra musgosa que adoquina algunas de sus correderas, ni vagaba parsimonioso -como al desgaire- entre los sitios más memorables de mi infancia. Apenas nada ha cambiado en sustancia. Reconozco la fontanilla marmórea de la plaza del ayuntamiento, ahora medio derruida y mohosa por el ancestral abandono; el pórtico románico de la iglesia; el caserón imponente de don Anselmo, el indiano; los portalones alineados de las viviendas pobres de mis amigos, al pie de los cuales muchas tardes del año nos apostábamos en círculo para jugar a chapas o a contar historias de desaparecidos; el menudo edificio de la escuela, en fin, donde el maestro nos enseñó en un mapa antiguo que nuestra minúscula tierra no aparecía rotulada con el característico punto negro…
Y siento una leve nostalgia de aquel mundo. Pero aquí no queda nadie. Sólo vastedad, sombra punzante de un pasado quebrado.
Ya todos se han ido. Y yo ahora debo regresar con ellos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El viejo


Cada tarde veíamos al viejo solitario sentado en un banco de la plaza con un libro usado entre las manos, como abstraído de todo, entristecido, quizás fuertemente embebido por lúgubres pensamientos o antiguos recuerdos. Aquel hombre estaba tan acostumbrado a los libros que era para él una necesidad cotidiana acariciar las gastadas cubiertas con sus temblorosos dedos amarillentos o repasar las múltiples y adormecidas páginas una a una, despacio. Lo hacía con una unción reconcentrada, como si en lugar de libros palpara unas raras alhajas hurtadas a la codicia de los demás hombres de la plaza. Nosotros lo mirábamos sin lástima, pero intrigados, ganados del todo por la curiosidad que nos producía su propio y acerado interés por los libros. A veces, mientras los acariciaba, se le encendía fugaz y livianamente una misteriosa sonrisa. La sonrisa propia de los ciegos.